
Cuando Liliana Sanhueza Pedrosa y Tomás Coudeu Correa recibieron su título de médicos de la Universidad del Desarrollo en 2024, no se preguntaron dónde trabajarían, sino para qué lo harían. Esa inquietud los llevó hasta Mwandi, un pueblo de la Western Province de Zambia, en África, donde llegaron en octubre de 2025 con su fonendoscopio y una decisión poco común: quedarse un año como voluntarios de la fundación chilena Entre Tribus. “Queríamos vivir la medicina donde más se necesita”, señalan, una frase que cobra sentido cuando el hospital más cercano es el único refugio para aldeas ubicadas hasta a 130 kilómetros de distancia.
Sus días transcurren entre pacientes hospitalizados, urgencias, consultas ambulatorias y cirugías que van desde cesáreas hasta hernias y procedimientos de emergencia. Una vez al mes, además, realizan salidas a terreno de cinco días para recorrer aldeas donde, de no ser por estas visitas, los habitantes tendrían que caminar jornadas completas para recibir atención médica. Bajo árboles o en salas improvisadas, han aprendido que a veces un diagnóstico claro y una escucha atenta valen tanto como un tratamiento completo. “Me encanta la forma en que nos reciben y nos regalan sus sonrisas. Frustra no poder entregarles algunos tratamientos que para nosotros son básicos, pero aun así quedan felices con saber qué tienen y por qué les pasa”, cuenta Tomás, sorprendido por la gratitud que brota incluso en medio de la escasez.
En Zambia se hablan 70 lenguas tribales; en Mwandi predomina el lozi y, aunque el inglés es idioma oficial, la comunicación suele requerir un traductor del hospital. Esa mediación, explican, dificulta la empatía clínica, pero también los ha obligado a afinar la observación, el gesto y el tono. “Entre consultas hemos aprendido sobre la cultura Lozi, sobre los trabajadores locales y sobre una forma de vivir la salud que no separa lo médico de lo humano”, agrega.
No todo ha sido épico. La falta de medicamentos y recursos básicos es una constante que los enfrenta a improvisar soluciones. “Uno tiene que ingeniárselas con lo que hay”, explica Tomás. “A veces hay un medicamento y a la semana siguiente se acaba y aparece otro. Así funciona todo”. En ese escenario, la formación recibida en la Universidad del Desarrollo —con realidades diversas como el Hospital Padre Hurtado y Clínica Alemana— se transformó en una caja de herramientas para buscar alternativas, ofrecer opciones y pensar dos, tres o incluso cinco caminos posibles para un mismo paciente.
Para Liliana y Tomás lo más difícil ha sido convivir con la muerte evitable: niños, adultos y ancianos fallecen por no contar con tratamientos que ellos conocen de memoria, porque los estudiaron en libros y en artículos científicos. “Hay que aprender a manejar la frustración y marcar límites sin perder la empatía. En ese equilibrio entre lo que sabemos y lo que se puede hacer, hemos descubierto que ejercer la medicina también es aceptar la impotencia sin abandonar la humanidad”, reflexiona Liliana.
A pesar del miedo inicial al choque cultural —y de las cobras que asustan a Liliana pero fascinan a Tomás—, ambos coinciden en que la experiencia ha sido profundamente gratificante. “La gente nos espera, confía y, a veces, solo con escucharnos ya sienten alivio”, dice Tomás. Hasta octubre de 2026 permanecerán en Mwandi, a la espera de que nuevos voluntarios los releven. Su mensaje es claro para quienes sueñan con estudiar Medicina en la UDD: dar el paso cuesta, pero vale la pena, porque en África aprendieron que lo que entregan es grande, pero lo que reciben es aún mayor.

















