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Dr. José Munita, director Microb-R: “Parte de nuestro trabajo es hacer que la gente cambie su mirada del antibiótico y lo considere un bien preciado”.

Dr. José Munita (Foto: Microb-R)

En noviembre de 2018 nace el Núcleo Milenio para la resistencia antimicrobiana, “Microb-R”. Centrados en estudiar por qué se generan las bacterias resistentes a los antibióticos, cómo éstas se comportan en distintas situaciones, cuál es el papel del ambiente, los animales y las cadenas productivas, y cuál es el rol de la sociedad en general en esta problemática, este grupo multidisciplinario ha tenido una serie de avances durante su primer año y cuatro meses de trabajo.

El Dr. José Manuel Munita, director de Microb-R y del Programa de Genómica Microbiana del Instituto de Ciencias e Innovación en Medicina (ICIM) de la Facultad de Medicina Clínica Alemana Universidad del Desarrollo, profundiza en el trabajo ya realizado, los principales objetivos de este núcleo, sus líneas de investigación y los desafíos que se han planteado para los próximos años de labor.

¿Cuáles son los objetivos principales de este Núcleo Milenio?

Su nombre lo resume: el estudio de la resistencia antimicrobiana como tema central, mirado prácticamente desde todas las aristas que componen el problema, que es bien amplio, en términos de cuáles son los factores que van haciendo que se produzca.

En este contexto, tenemos varias miradas. Una mirada desde la medicina humana clásica: cómo tratar a los pacientes, cuántos mueren por esta problemática; una microbiológica: cómo diagnosticar bacterias resistentes, cómo acercar el diagnóstico a hospitales con técnicas más fáciles. También lo abordamos desde la microbiología molecular y los mecanismos de resistencia de la bacteria (qué determina que sea resistente y qué no). Hay una mirada desde los animales, con el fin de ver cómo influyen en el problema de la resistencia y cómo la disminución en el uso de antibióticos en la cadena productiva de alimentos puede impactar en la baja de la resistencia a nivel de humanos (recordemos que 2/3 de los antibióticos que se emplean se usan en alimentos y animales).

Otra mirada súper importante es desde la comunidad. Trabajamos con Mauco, en Molina, con una cohorte de casi 400 sujetos a los que se les ha buscado bacterias resistentes, donde hemos tenido avances interesantes. Por ejemplo, tenemos datos de la portación de bacterias resistentes en la comunidad, lo que nos va a permitir entender cómo alguien que tenga una de estas bacterias, más allá de si presenta o no síntomas, aumenta la propagación de la resistencia en su entorno.

Tenemos expertos que están trabajando desde la economía de la salud, ahondando en cuánto le cuesta al país la resistencia a los antibióticos, cuánta gente se muere por eso, cuál sería el impacto de implementar ciertas estrategias orientadas a su disminución en términos de costo; también una mirada desde la epidemiología social, sobre el impacto de la inequidad y la pobreza, por ejemplo, en la resistencia; y hay una mirada genómica, con la que buscamos hacer una evolución de las bacterias en el país.

Pero tras mucho de lo que hacemos, uno de los objetivos importantes es traspasar nuestro trabajo a la política pública. Para esto, tenemos un acuerdo y estamos trabajando de manera súper estrecha con el Ministerio de Salud y con el Programa contra la resistencia microbiana del gobierno de Chile.

¿Tienen ya identificadas bacterias?

Identificar en qué bacterias hay que focalizarse es algo relativamente estandarizado, desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) hacia abajo. Nosotros no partimos de cero; es más, hay gente que es parte del núcleo que viene recolectando números de resistencia desde hace 10 años. Lo que nosotros hemos hecho es armar una red de hospitales, su estructura, con su complejidad regulatoria. Son 11 hospitales los que nos están mandando cepas a los laboratorios del ICIM, donde las reidentificamos, se vuelven a estudiar y se guardan en un repositorio.

¿Cuál es la idea de este repositorio?

Es un biorepositorio con estándares internacionales y la idea es que sea un bien público, abierto a la comunidad científica chilena, de manera que estas bacterias estén disponibles y a disposición de todos quienes trabajan en el tema. Esto es bien novedoso y útil, pues el estudio de la resistencia lo hace quien tiene la bacteria.

¿Cuál es la utilidad de tener a disposición estas bacterias?

Por lo pronto, nos sirve para entender cuál es el panorama local de la resistencia, específicamente en el tipo de bacterias que tenemos. Podemos tener el retrato hablado de la bacteria. Sabemos su nombre y apellido, pero no donde vive o con quién se junta. Entonces, teniendo las bacterias más los datos clínicos que hemos obtenido a través de la red, podemos hacer un cruce para entender realmente cómo les va a nuestros pacientes con bacterias resistentes, cuántos mueren, qué tratamiento es el más adecuado, si sirven los tratamientos que se hacen en otros lados para las bacterias que acá tenemos.

¿Cuál es el panorama de la resistencia antimicrobiana en Chile?

En Chile, lo que tenemos ahora es un problema importante, principalmente en los hospitales. Tenemos pacientes que, sin duda, tienes pronósticos más malos. Ahora, hay una serie de datos que hemos obtenido, pero aún los estamos trabajando para saber qué significan. Y esos datos son fundamentales y serán la muestra de cómo hacer ciencia se convierte en fuerza para empujar ideas a nivel ministerial. Pero son parte del trabajo en el que estamos avanzando.

¿Qué sabemos del uso de antibióticos en nuestro país?

Estamos trabajando en una encuesta nacional para diagnosticar cuál es la situación en los distintos hospitales con respecto al uso de antibióticos. Pero sabemos que los médicos usamos mal los antibióticos y necesitamos gente que los use bien. Es un área que puede tener un impacto enorme, pues el uso de antibióticos es el caldo de cultivo para la resistencia; si no hay antibióticos, las bacterias no se vuelven resistentes. Entonces, disminuir y racionalizar su uso es súper importante para reducir el problema y, finalmente, preservarlos.

También sabemos que si bien los hospitales concentran mucho el uso de antibióticos, donde se ocupa la mayor cantidad es en la comunidad, en el paciente no hospitalizado. Ahí hay un área de posible diagnóstico y posterior intervención. De hecho, uno de nuestros proyectos fue evaluar si nuestra ley, que prohíbe la venta de antibióticos sin receta, se está cumpliendo. Para esto, alumnos de la Facultad fueron a las farmacias a pedir antibióticos sin receta, con un parlamento previamente diseñado, y nos encontramos con datos súper interesantes de que el cumplimiento no es tan alto como creemos.

¿Qué acciones han implementado para llegar a la comunidad?

Hemos implementado campañas comunicacionales bien interesantes en metros y cines sobre el uso adecuado de antibióticos, pues sabemos que tenemos que intervenir en distintos niveles, no sólo a nivel científico. Este es un problema multicapas y una de estas capas es la sociedad, las personas comunes y corrientes, donde hay que cambiar la forma en que estamos viendo el antibiótico. No lo estamos considerando como un bien societal, sino que se usa de manera súper ligera. El antibiótico es como el agua, no es una pastilla para cualquier patología. Si nos quedamos sin antibióticos nos vamos de vuelta a la medicina premoderna; es una catástrofe. Entonces, parte de nuestro trabajo es hacer que la gente cambie su mirada del antibiótico y lo considere un bien preciado.